Friday, October 1, 2010

Mucho ruido y pocos modales

Como muchos saben trabajo en un colegio 100% chino que está subsidiado por el gobierno de Hong Kong y en el que hay maestras hongkonesas que hablan muy poco o casi nada de inglés y con las cuales me llevo muy bien. Yo soy la única maestra extranjera, y a pesar del nulo manejo que tengo del cantonés, me siento super orgullosa de poder decir que charloteo con todo el staff del colegio, desde la directora hasta las señoras que limpian con mucho éxito. Hablamos de todo tipo de temas: relacionados al trabajo, a los chicos, padres, etc ¿En qué me comunico con ellas? En chinglish con algunas frases en mandarín que muy pocas logran entender. Es interesante ver como mi habilidad de comprensión mejora cuando me cuentan un chisme relacionado a alguna maestra o padre del colegio. Está clarísimo que la motivación juega un papel fundamental a la hora de poder comunicarse.



Pero el tema de la comunicación no es el mayor desafio que enfrento todos los días en mi lugar de trabajo, al contrario, lo más difícil es afrontar la hora del almuerzo, algo que siendo una chica tan gourmet como soy, tendría que ser lo más fácil del día. Cada maestra lleva su comida y comemos todas juntas, siempre observando con envidia el menú de la de al lado con más ansia que el propio. En el centro de la mesa por lo general hay algunos temtenpiés cortesía de la cocinera, como por ejemplo garras de pollo al wok, salteado de hongos con salsa de ostras y bandejas de frutas dragón y estrella. De más está decir que nunca dejo plato por probar, por más extraño que se vea, y gracias a estas simples degustaciones, he llegado a descubrir nuevos manjares cantoneses como el budín de poroto colorado y choclo. Esta, se podría decir, es la parte del almuerzo que disfruto.

Desafortunadamente, no todo es color rojo fortuna en Hong Kong, y cuando de comer con chinos se trata, hay que estar bien preparado para lo que esto involucra: ruidos de sopa, eructos, masticar con la boca abierta, escupir pequeños huesos en la mesa y mondarse. Todas estas costumbres parecen ser parte del reglamento del manual de etiqueta y cortesía local, ya que no hay chino con el que haya comido que no las tenga. Todos, desde el más ilustrado hasta el más analfabeto comparten estos hábitos. Y yo, como visitante en la mesa de los locales, tengo que hacer oídos sordos a lo que sucede a mi alrededor y poner cara de que acá no pasó nada. Lo que más me cuesta es soportar a Doña Eructito, quien normalmente se sienta al lado mío, y que eructa como si fuera un competidor de Sumo y no una angelicál maestra jardinera. Creo que si probara hacer lo mismo que ella me sería imposible, ya que el ruido suena como si saliera de un parlante de boliche, y además tengan en cuenta que esta gente acompaña sus comidas con té y nó con bebidas con gas. Admirable.

Lo admirable, sin embargo, no es el talento de esta maestra, sino mi adaptación a estas costumbres. Ya no me escandalizo tanto con los ruidos cuando mastican o toman sopa, y cuando el estómago de Doña Eructito se libera de sus gases, no me dan naúseas como antes. Claro está que quisiera poder evitar esta sinfonía de ruidos gastronómicos, pero queda un poco antisocial comer en la otra punta del comedor con audífonos y la música a todo volúmen. Trato de comer poco, rápido, y siempre lejos de Doña Eructito. Y en cuanto a mis modales occidentales, pienso que no han cambiado y que todavía los conservo, y que ahora más que nunca empecé a valorar la suerte que tenemos de aprender a usarlos y que no comamos haciendo tanto bochinche. Eso sí, debo confesar que en alguna ocasión se me escapó algún que otro eructo, y para estupor de mis compañeras de trabajo, me disculpé.