Y sin querer nos hemos reconectado con la religión de una manera inexplicable y fuera de lo común. Convocamos a Allah, Brahman, Buda o nuestro conocido Dios occidental rezándoles en nuestro idioma y como podamos. Lo hacemos por desesperación, fé, necesidad y en momentos en los que sentimos que estamos en peligro:
- Después de degustar una comilona local en un boliche poco limpio, rezamos para que nuestro estómago sea lo suficientemente poderoso para digerir de manera normal todo lo consumido y que no terminemos pasando una noche entera abrazando el inodoro.
- Durante un paseo nocturno en rickshaw por las calles caóticas y poco alumbradas de la vieja Delhi, rezamos para que nuestro conductor sea listo y habilidoso para esquivar vacas, cabras, motos, gente y no morir en el intento.
- En el viaje en bondi de ocho horas de una ciudad a otra, en lo que vendría a ser el equivalente al 60, rezamos para no accidentarnos en la ruta cada vez que el chofer esquiva camiones al buen estilo Sandra Bullock en Máxima Velocidad.
- En el viaje en tren, rezamos para que los piqueteros que andan por Rajastán, no tomen en protesta las vías por donde pasaremos, complicando una vez más nuestro viaje por la región.
- Cada vez que andamos paseando, rezamos para que los famosos chantas locales que andan a la caza de turistas, no nos atrapen con sus mentiras y quieran vendernos algo.
- Llegando al hotel, rezamos para que el cuarto que hemos reservado no esté tan sucio y oloroso, y se vea igual que en las fotos en internet.
Es cierto que India ha probado ser un desafío para nosotros que venimos de una ciudad organizada, limpia y segura; pero el caos e inseguridad de este país nos ha conectado con nuestra religiosidad que un poco abandonada teníamos. Y por más que recemos para poder llegar vivos e ilesos al próximo destino, nos sentimos casi a la misma altura que los tantos viajeros místicos que han llegado hasta esta remota parte del subcontinente cumpliendo una misión espiritual.