Friday, January 7, 2011

India, oremos...

Desde que llegamos a India que no paramos de rezar al igual que tantos mochileros extranjeros que hemos conocido en este viaje. Recuerdo a la parejita de canadienses que conocimos en Jodhpur, explicándonos con mucho entusiasmo cual era su meta en India, " vinimos renunciando a las comodidades de la vida en Occidente y en busca de una aventura mística". La espiritualidad de este país se siente en todas partes: en los templos hindúes y budistas, en las mezquitas, ashrams y demás espacios de adoración. Las oraciones se escuchan a toda hora, en forma de mantras, bhajans, oraciones musalmanas y cantos desconocidos pero claramente místicos. La religión juega un papel fundamental en la vida diaria de los indios y no importa cual sea la creencia, todos aquí sienten la necesidad de orar.

Y sin querer nos hemos reconectado con la religión de una manera inexplicable y fuera de lo común. Convocamos a Allah, Brahman, Buda o nuestro conocido Dios occidental rezándoles en nuestro idioma y como podamos. Lo hacemos por desesperación, fé, necesidad y en momentos en los que sentimos que estamos en peligro:
  • Después de degustar una comilona local en un boliche poco limpio, rezamos para que nuestro estómago sea lo suficientemente poderoso para digerir de manera normal todo lo consumido y que no terminemos pasando una noche entera abrazando el inodoro.
  • Durante un paseo nocturno en rickshaw por las calles caóticas y poco alumbradas de la vieja Delhi, rezamos para que nuestro conductor sea listo y habilidoso para esquivar vacas, cabras, motos, gente y no morir en el intento.
  • En el viaje en bondi de ocho horas de una ciudad a otra, en lo que vendría a ser el equivalente al 60, rezamos para no accidentarnos en la ruta cada vez que el chofer esquiva camiones al buen estilo Sandra Bullock en Máxima Velocidad.
  • En el viaje en tren, rezamos para que los piqueteros que andan por Rajastán, no tomen en protesta las vías por donde pasaremos, complicando una vez más nuestro viaje por la región.
  • Cada vez que andamos paseando, rezamos para que los famosos chantas locales que andan a la caza de turistas, no nos atrapen con sus mentiras y quieran vendernos algo.
  • Llegando al hotel, rezamos para que el cuarto que hemos reservado no esté tan sucio y oloroso, y se vea igual que en las fotos en internet.

Es cierto que India ha probado ser un desafío para nosotros que venimos de una ciudad organizada, limpia y segura; pero el caos e inseguridad de este país nos ha conectado con nuestra religiosidad que un poco abandonada teníamos. Y por más que recemos para poder llegar vivos e ilesos al próximo destino, nos sentimos casi a la misma altura que los tantos viajeros místicos que han llegado hasta esta remota parte del subcontinente cumpliendo una misión espiritual.

Friday, October 1, 2010

Mucho ruido y pocos modales

Como muchos saben trabajo en un colegio 100% chino que está subsidiado por el gobierno de Hong Kong y en el que hay maestras hongkonesas que hablan muy poco o casi nada de inglés y con las cuales me llevo muy bien. Yo soy la única maestra extranjera, y a pesar del nulo manejo que tengo del cantonés, me siento super orgullosa de poder decir que charloteo con todo el staff del colegio, desde la directora hasta las señoras que limpian con mucho éxito. Hablamos de todo tipo de temas: relacionados al trabajo, a los chicos, padres, etc ¿En qué me comunico con ellas? En chinglish con algunas frases en mandarín que muy pocas logran entender. Es interesante ver como mi habilidad de comprensión mejora cuando me cuentan un chisme relacionado a alguna maestra o padre del colegio. Está clarísimo que la motivación juega un papel fundamental a la hora de poder comunicarse.



Pero el tema de la comunicación no es el mayor desafio que enfrento todos los días en mi lugar de trabajo, al contrario, lo más difícil es afrontar la hora del almuerzo, algo que siendo una chica tan gourmet como soy, tendría que ser lo más fácil del día. Cada maestra lleva su comida y comemos todas juntas, siempre observando con envidia el menú de la de al lado con más ansia que el propio. En el centro de la mesa por lo general hay algunos temtenpiés cortesía de la cocinera, como por ejemplo garras de pollo al wok, salteado de hongos con salsa de ostras y bandejas de frutas dragón y estrella. De más está decir que nunca dejo plato por probar, por más extraño que se vea, y gracias a estas simples degustaciones, he llegado a descubrir nuevos manjares cantoneses como el budín de poroto colorado y choclo. Esta, se podría decir, es la parte del almuerzo que disfruto.

Desafortunadamente, no todo es color rojo fortuna en Hong Kong, y cuando de comer con chinos se trata, hay que estar bien preparado para lo que esto involucra: ruidos de sopa, eructos, masticar con la boca abierta, escupir pequeños huesos en la mesa y mondarse. Todas estas costumbres parecen ser parte del reglamento del manual de etiqueta y cortesía local, ya que no hay chino con el que haya comido que no las tenga. Todos, desde el más ilustrado hasta el más analfabeto comparten estos hábitos. Y yo, como visitante en la mesa de los locales, tengo que hacer oídos sordos a lo que sucede a mi alrededor y poner cara de que acá no pasó nada. Lo que más me cuesta es soportar a Doña Eructito, quien normalmente se sienta al lado mío, y que eructa como si fuera un competidor de Sumo y no una angelicál maestra jardinera. Creo que si probara hacer lo mismo que ella me sería imposible, ya que el ruido suena como si saliera de un parlante de boliche, y además tengan en cuenta que esta gente acompaña sus comidas con té y nó con bebidas con gas. Admirable.

Lo admirable, sin embargo, no es el talento de esta maestra, sino mi adaptación a estas costumbres. Ya no me escandalizo tanto con los ruidos cuando mastican o toman sopa, y cuando el estómago de Doña Eructito se libera de sus gases, no me dan naúseas como antes. Claro está que quisiera poder evitar esta sinfonía de ruidos gastronómicos, pero queda un poco antisocial comer en la otra punta del comedor con audífonos y la música a todo volúmen. Trato de comer poco, rápido, y siempre lejos de Doña Eructito. Y en cuanto a mis modales occidentales, pienso que no han cambiado y que todavía los conservo, y que ahora más que nunca empecé a valorar la suerte que tenemos de aprender a usarlos y que no comamos haciendo tanto bochinche. Eso sí, debo confesar que en alguna ocasión se me escapó algún que otro eructo, y para estupor de mis compañeras de trabajo, me disculpé.

Wednesday, April 7, 2010

La casa de los espíritus

Vivimos hasta la semana pasada en el edificio de los espíritus. Vivimos en este edificio, que está ubicado en el barrio Sai Ying Pun de Hong Kong, por un año. El edificio, mejor conocido por los que se alojaron allí como " Kwan Yick", está habitado por espíritus chinos de clase social media tirando a baja y de todas las épocas. Los espíritus en "Kwan Yick", a diferencia de los espíritus en Occidente, tienen trato preferencial y lo que los vecinos intentan es que estos fantasmas se queden pululando por los pasillos y que se sientan bien a gusto. Es por eso que les dejan, en sus pequeños altares, todo tipo de copetines para mantenerlos bien alimentados y les prenden exóticos saumerios para que su lugar de residencia huela bien.




Durante los días de fiesta, como en la época del año nuevo chino o el festival "Ching Ming", estos amigos invisibles viven la vida loca. Los simples copetines pasan a ser manjares de todo tipo, como por ejemplo patos laqueados, cerdos con salsas agridulces y todo tipo de frutas y de dulces. Vivir en dicho edificio me convertía en una potencial autora de un delito de robo, ya que tuve ganas de agarrar, en más de alguna ocasión, los bombones que le dejaba la vecina a sus espíritus. Nunca sucedió y no fué por miedo a que me pescaran los vecinos y terminar en la comisaría, fué más bien miedo a molestar a los espíritus que tan bien la pasan en "Kwan Yick".




Además de comida, estas almas reciben dinero en forma de billetes similares a los del juego "Estanciero", y algunas otras posesiones materiales en tamaño miniatura hechas de cartón. Entre la lista de regalos materiales que reciben nuestros amigos, están las famosas carteras Louis Vitton, autos descapotables, casas lujosas y platos con ravioles chinos. Como el tema de la logística de entrega de dichos regalos se hace un tanto difícil, los vecinos los queman en un tacho gigante que guardan al lado del ascensor. Es decir, en cada piso hay un cesto grande de lata para hacer las ofrendas o mejor dicho el envio al más allá ( o más acá, no hay que olvidar que los muchachos viven en "Kwan Yick").



Vivir en este edificio significaba vivir bajo las reglas de los antiguos residentes, y cuando nuestros amigos los curas argentinos que viven en Hong Kong nos propusieron bendecir nuestro departamento y liberarlo de todos los espíritus, rechazamos la oferta rápidamente ya que nunca quisimos ofenderlos ni enojarlos. Diego y yo éramos minoría en "Kwan Yick". ¿Por qué íbamos a ir en contra de las creencias de los vecinos y residentes invibles?



Convivimos con ellos durante un año, y a pesar de que nunca los alimentamos o regalamos nada, y de que teníamos la casa con un par de crucifijos y estampitas de la virgen, ellos se portaron 10 puntos con nosotros y nunca jamás molestaron.



Hoy estamos recién mudados en "Crystal Court". Estamos acá hace 1 semana. Esta vez nos fuimos a un barrio que no es tradicional chino y el edificio es muy moderno e internacional ya que viven muchos extranjeros. Los departmentos, a diferencia de "Kwan Yick", no tienen los altares con saumerios y frutas en las puertas de las casas, y no se ven tachos de lata para quemar plata de mentira. Lo primero que pensé cuando nos vinimos acá es que sería bueno vivir sin los amigos de "Kwan Yick", que por más tranquilos que sean, son, al final de cuentas, huespedes no deseados. El departamento nuevo lo vimos un par de veces antes de firmar contrato y nos encantó. Lo que encontramos hace un par de días en el balcón de la cocina es un pequeño altar. Claramente la casa viene con amigos incluídos.


Tuesday, March 2, 2010

Diego lava los platos

Diego lava los platos,
yo cocino.

Diego habla de política,
yo de cocina.

Diego puede dormir hasta tarde,
yo me puedo acostar temprano.

Diego escucha música celta,
yo Bossa Nova.

Diego ve CNN y Al Jazeera,
yo Discovery Travel and Living.

Diego es claro, conciso y usa lenguaje académico,
a mí nunca me salen las palabras correctas.

Diego lee libros de periodismo,
yo leo novelas.

Diego me regala libros de cocina,
yo le regalo ropa.

Diego olvida nombres,
yo olvido números.

Diego come dulces,
yo como de todo.

Diego se muda de país,
yo lo sigo.

Diego habla Mandarín fluído,
yo lo hablo a los ponchazos.

Diego ama los productos electrónicos,
yo apenas los puedo usar.

Diego es Bombonchis,
yo soy Bombonchi.

Diego es increíblemente genial,
y yo tengo mucha suerte.

Tuesday, February 23, 2010

Kung Hei Fat Choi para todos

Estamos todavía celebrando el año nuevo chino ya que técnicamente finaliza el 28 de febrero con el festival de linternas. Este año es el turno del tigre de metal y se predicen enormes cambios. Como es bien sabido, la gente acá en China lo festeja de igual manera que nosotros festejamos la navidad y algunas de las costumbres más populares son juntarse con familiares a comer, tirar fuegos artificiales y petardos, vestir ropa interior roja que trae suerte y regalar los famosos hong bao o sobres rojos con dinero. Esta última costumbre siempre me interesó ya que no parece ser tan simple como uno la imagina; el sobre simboliza buena suerte y como tal hay que seguir un protocolo. Algunas de las reglas que se tienen en cuenta a la hora de entregar uno de estos paquetitos rojos son las siguientes: usar billetes nuevos ( nada de regalar los que vienen escritos y menos los pegados con cinta scotch), no poner monedas, usar números pares pero evitar números con 4 porque este número se pronuncia igual que muerte y por ende trae mala suerte y finalmente ser casado para entregarlo.

Lo que más me gusta es la variedad de sobres que se pueden ver en Hong Kong durante la época de festejos del año lunar; los hay con motivos sobrios, con dibujos infantiles para niños, rústicos y de papel reciclable para los más ecológicos y por supuesto los de Hello Kitty para los fans. Evitar comprar alguno era tarea imposible para mí la semana pasada, y aprovechando que estaba mamá de visita y que era su primer festejo de año nuevo chino en Hong Kong, me tomé el atrevimiento de comprar algunos y llenarlos con monedas de chocolate para regalarles a ella, Diego y amigos extranjeros. El sobre original, sin embargo, se lo dimos al portero de nuestro edificio por su habitual buena onda. Le pusimos, por recomendación de un amigo experto en el tema, unos HK$ 20 que equivalen a unos 10 pesos. Sin duda lo sorprendimos. No creo que se haya imaginado que la parejita de argentinos del 18A le fueran a dar un hong bao.

Hoy, en cambio, la sorprendida fuí yo. La vicedirectora del colegio donde trabajo, la señora Ho, me llamó a su oficina para darme mi primer sobre rojo. Lo que más me gustó no fué el contenido del paquetito ( unos 25 pesos), sino la dedicatorio que había escrito deseándome suerte, salud, y muchos felices regresos a mi país; unas lindas líneas para acompañar el souvenir festivo chino.